En apenas año y medio, la presidenta ha empezado a desmontar los liderazgos más pesados que le dejó el obradorismo y lo ha hecho sin estridencias, con un métodoEn apenas año y medio, la presidenta ha empezado a desmontar los liderazgos más pesados que le dejó el obradorismo y lo ha hecho sin estridencias, con un método

La consolidación de Sheinbaum

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Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum llegó a Palacio Nacional con una victoria amplia, la realidad es que también sostiene un paquete de compromisos heredados.

Andrés Manuel López Obrador, arquitecto de Morena, diseñó una salida política para cerrar las heridas de la sucesión interna y garantizar la unidad del partido.

Como parte de los acuerdos, quienes perdieron la contienda por la candidatura morenista tendrían un lugar asegurado en el gabinete o en el Congreso.

Esa práctica —muy conocida desde los tiempos del PRI hegemónico— en el caso de Morena se volvió un problema más espinoso.

La coalición en el poder es demasiado grande, demasiado variopinta y, sobre todo, demasiado acostumbrada a que el centro de gravedad se llame López Obrador.

En ese mapa, algunos liderazgos llegaron al nuevo sexenio como verdaderos pesos pesados, con oficio y colmillo, pero también con agendas propias.

Para Sheinbaum, el reto inicial no era solo gobernar, sino gobernar sin tutelas. Y eso implica la siempre delicada tarea de mover las piezas.

En apenas año y medio, la presidenta ha empezado a desmontar los liderazgos más pesados que le dejó el obradorismo y lo ha hecho sin estridencias, con un método que combina paciencia y cálculo, esperando el momento de mayor desgaste para convertir la salida en algo inevitable, porque es claro que la política mexicana no premia la ruptura frontal, sino el golpe preciso al adversario herido.

Como ejemplo basta el caso del relevo en el Senado. El punto de quiebre llegó por la vía más pragmática: la operación política.

El Partido Verde, socio del oficialismo, acusó bloqueo de la reforma electoral, una de las prioridades de Sheinbaum. En el Congreso, la obsolescencia se castiga más rápido que la corrupción.

El relevo, Ignacio Mier, revela un giro menos ideológico que funcional. Mier tiene recorrido parlamentario, reputación como operador y capacidad de interlocución. Su estilo, además, es menos impositivo y más negociador.

En un Senado donde Morena necesita mantener cohesionada una alianza frágil, el diálogo no es virtud, sino una herramienta.

El relevo en la Fiscalía fue todavía más pragmático. La llegada de Ernestina Godoy, aliada histórica y figura central del círculo de Sheinbaum, debe leerse como la colocación de una persona propia en un aparato de los más poderosos.

En un país donde la justicia suele ser un territorio de disputa política, el control de la Fiscalía es una declaración de poder.

Desde la Fiscalía, Godoy forma una mancuerna excelente con el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, quien, además de ser uno de los hombres más cercanos a la presidenta Sheinbaum, ha logrado resultados excepcionales para resolver uno de los problemas más sentidos para la población: la violencia y la inseguridad.

Los movimientos ocurren, además, en un contexto que acelera los tiempos. La presión desde Estados Unidos, con Donald Trump como factor de amenaza permanente, ha empujado al gobierno a exhibir resultados, sobre todo en seguridad.

A la vez, las elecciones legislativas de 2027 obligan a Morena a afinar su maquinaria y evitar fracturas que puedan costar mayorías. En ese escenario, los liderazgos heredados pesan menos que la necesidad de eficacia.

Las salidas, desde luego, no son gratuitas. Cada enroque implica reconocer —aunque sea de manera indirecta— que la cohesión del partido es delicada.

Morena no es una organización disciplinada, sino una federación de grupos que conviven mientras el poder alcanza para todos.

Y cuando el espacio se reduce, la disputa se vuelve inevitable.

Lo que está haciendo Sheinbaum no es una purga, sino una consolidación. Está aprendiendo rápido la regla principal del presidencialismo mexicano, pues el poder no se comparte, se administra. Y cuando se hereda, se desmonta.

Morena puede venderlo como “renovación”. La oposición lo llamará “control autoritario”. Pero la realidad es más simple: la presidenta está ocupando espacios que, si no ocupa ella, los ocuparán otros.

Y en México, cuando otros ocupan tu espacio, dejan de ser aliados y se convierten en dueños.

Sotto voce

Como resultado de una estrategia de Estado impulsada por la gobernadora Evelyn Salgado para atender de fondo la violencia de género, Guerrero ya está fuera de las cinco entidades del país con mayor número de feminicidios.

Esto se ha logrado priorizando a las víctimas y colocando a las mujeres en el centro de las políticas públicas.

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