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México 2026: la oportunidad de convertir ahorro en crecimiento

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En un entorno global que se reconfigura, el mercado de capitales emerge como el puente estratégico para transformar el ahorro nacional en inversión productiva y desarrollo sostenido.

Iniciar un nuevo año suele ser un momento de balance y de decisiones. México inicia 2026 con una paradoja reveladora: mientras el peso registró su mejor año en más de tres décadas, los índices bursátiles acumularon ganancias cercanas al 30% en moneda nacional y el financiamiento canalizado a través de BIVA alcanzó casi 200 mil millones de pesos, la conversación pública permanece dominada por la cautela y la incertidumbre.

Esta desconexión entre el desempeño de los mercados y el ánimo generalizado no es menor. Tampoco es casual. En tal contexto, la pregunta ha dejado de ser si el entorno es retador, más bien si estamos preparados para romper tal inercia aprovechando las oportunidades.

El consenso entre analistas, organismos multilaterales y foros académicos es claro: el crecimiento proyectado de 1% a 1.5% no es una crisis, pero tampoco es suficiente. Normalizar ese ritmo implica resignarse a un país que no alcanza su potencial. Lo que distingue a 2026 es que México cuenta con activos estratégicos que pueden activarse de inmediato: una integración comercial profunda con Norteamérica, un flujo acelerado de ahorro institucional derivado de la reforma de pensiones y una posición geográfica que, en medio del reacomodo global de cadenas de suministro, resulta difícil de replicar.

El entorno internacional exige atención, pero no parálisis. Las tensiones geopolíticas y el uso del comercio como instrumento de presión son reales. Sin embargo, la integración productiva de México con Estados Unidos es tan profunda que constituye un activo diferenciador: cerca del 85% de las exportaciones mexicanas hacia ese mercado cumplen con las reglas del T-MEC, con aranceles efectivos muy por debajo del promedio global.

Esta ventaja competitiva se refuerza con un mercado interno robusto: el empleo formal alcanzó un récord histórico con más de 22.8 millones de puestos afiliados al IMSS y la creación de casi 600 mil nuevos empleos en 2025; las remesas familiares alcanzaron 64.7 mil millones de dólares en 2024 y, pese a una leve desaceleración en 2025, siguen siendo una fuente relevante de ingreso; y el consumo privado presentó crecimiento real, con aumentos interanuales de alrededor de 4% hacia fines de 2025, evidenciando dinamismo en la demanda interna.

Pero la oportunidad no se materializa sola. La semana pasada, en nuestro Panorama Económico de BIVA, escuchamos a Brenda Stefan, Carlos Serrano y al subsecretario Luis Rosendo, quienes coincidieron en tres prioridades concretas: primero, enviar una señal inequívoca de que el futuro productivo de México está anclado en América del Norte, con reglas claras y previsibilidad para quien invierte; segundo, asegurar infraestructura suficiente, particularmente energía competitiva y limpia, sin la cual cualquier estrategia de relocalización se queda en el discurso; tercero, fortalecer la certidumbre jurídica para activar la inversión doméstica, que hoy no siempre cuenta con los mecanismos de protección que sí tiene la inversión extranjera.

Aquí es donde el mercado de capitales cobra relevancia estratégica. Para que pueda liberar su verdadero potencial y traducirse en crecimiento sostenido, es necesario reconocer que hoy enfrenta dos desafíos estructurales.

El primero es un problema de canalización. México no carece de ahorro; por el contrario, ha logrado construir un volumen relevante de capital institucional, particularmente a través del sistema de pensiones. Los recursos administrados por las Afores, que hoy representan cerca del 20% del PIB, crecerán de manera acelerada en los próximos años y podrían superar el 40% hacia la próxima década. El desafío central ya no es generar capital, sino transformarlo en inversión productiva: en empresas, infraestructura y proyectos capaces de elevar la productividad del país.

El segundo desafío es de competitividad regulatoria y fiscal. En un entorno donde los mercados compiten entre sí por atraer emisiones y capital, las diferencias en esquemas fiscales, costos y procesos pueden incidir en la decisión de las empresas sobre dónde financiarse. Otros mercados emergentes han ofrecido marcos más eficientes y predecibles que han resultado más atractivos para la colocación de capital, lo que ha limitado el uso del mercado local como una fuente óptima de financiamiento para algunas empresas mexicanas.

Atender estos dos frentes permitiría que el mercado bursátil despliegue plenamente su papel como aliado del crecimiento al permitir escalar proyectos, diversificar fuentes de financiamiento y reducir la dependencia de ciclos externos; pero también cumple una función que suele subestimarse: institucionaliza. Cuando una empresa accede al mercado público, adopta estándares de transparencia, gobierno corporativo y rendición de cuentas que la hacen más sólida, más competitiva y mejor preparada para crecer.

Las señales de reactivación ya están presentes. Esquemas regulatorios más flexibles; la instrumentación, por primera vez en México, de un esquema de proveedor de liquidez; un pipeline que cobra fuerza y valuaciones que hacen atractivo volver a mirar al mercado mexicano. Hoy estamos en un escenario de normalización: mayor disciplina, mayor selectividad y, sobre todo, mayor calidad de mercado. El dinamismo bursátil de 2025, con un crecimiento del índice FTSE BIVA cercano al 50% en dólares, refleja que los inversionistas siguen encontrando valor en México.

La incertidumbre global no va a desaparecer. La pregunta es si México va a limitarse a administrarla o si va a construir las estructuras que conviertan confianza en inversión y crecimiento. Apostar por los mercados de capitales es una decisión de desarrollo. Es la diferencia entre resistir el entorno o aprovecharlo para impulsar a las empresas mexicanas, financiar la infraestructura que el país necesita y canalizar el ahorro hacia donde genera valor.

México tiene condiciones para crecer por encima de su inercia histórica. Convertir esa posibilidad en realidad exige invertir, institucionalizar y canalizar el capital hacia donde genera productividad. En un mundo que redefine sus reglas, un mercado de capitales profundo y funcional no es un complemento del modelo económico mexicano; es uno de sus pilares.

Oportunidad de mercado
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