En el marco del World Governments Summit, celebrado en Dubái, tuvo lugar la mesa redonda “Future of Communication and Storytelling”, un espacio de diálogo donde creadores, líderes institucionales y expertos en tecnología debatieron el papel de la inteligencia artificial en la construcción de los relatos que hoy organizan la economía, la política y la cultura.
Entre los participantes destacaron el cineasta Luis Mandoki y el productor y ejecutivo Santiago García Galván, quienes aportaron una mirada complementaria: humanista, estratégica y profundamente consciente del momento histórico que atravesamos.
Luis Mandoki abrió su intervención con una afirmación que marcó el tono de toda la mesa:
“Llego a esta mesa como cineasta, pero también como alguien que trabaja todos los días con el lenguaje que hoy organiza el mundo: el lenguaje audiovisual.”
Para Mandoki, la cuarta revolución industrial no puede entenderse sin reconocer que es, ante todo, profundamente audiovisual. Las imágenes, los relatos y las narrativas ya no son un adorno del sistema: son el vehículo que da sentido, deseo y dirección a los procesos económicos, políticos y sociales.
Desde esta perspectiva, propuso una imagen tan simple como poderosa:
Todos estamos corriendo sobre las mismas vías del tren.
Las vías son la energía, los servidores, los centros de datos y la capacidad de cómputo.
Sobre ellas viajan distintos vagones: el económico, el político, el social, el científico y el creativo.
Y ese vagón creativo —subrayó— no es decorativo. Es el que dota de significado al resto.
Mandoki llevó la conversación al terreno de la soberanía tecnológica, poniendo el foco en México como ejemplo de un país en proceso de reconfiguración estratégica. Señaló que la inversión en soberanía digital y en una arquitectura institucional más integrada para la inteligencia artificial abre oportunidades reales, pero también impone condiciones claras.
La participación privada no está prohibida, explicó, pero está condicionada por esquemas de inversión mixta y controles institucionales diseñados para proteger la soberanía nacional. En ese contexto, temas como el nearshoring tecnológico, los centros de datos y la eficiencia energética dejan de ser conceptos abstractos y se convierten en factores clave de competitividad.
De ahí una de sus ideas centrales:
La inteligencia artificial es energía transformada en lenguaje, imagen y decisión.
Hablar de IA es hablar de centros de datos eficientes, de ahorro energético, de infraestructura compartida y de alianzas inteligentes entre el sector público, el privado y las industrias creativas.
Mandoki también desmontó uno de los grandes mitos que rodean a la inteligencia artificial: la idea de que “la IA va a quitar empleos”. Desde la industria cinematográfica, afirmó, la experiencia muestra lo contrario.
La IA no elimina personas; elimina tareas mal diseñadas y amplifica la capacidad humana.
La pregunta estratégica, entonces, no es cuántas personas despedimos, sino cuántas capacitamos para trabajar con estas nuevas herramientas.
Los países que entiendan que la IA es infraestructura, que la energía es el cuello de botella y que el talento humano sigue siendo el activo central no perderán soberanía: la rediseñarán.
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Foto: Especial
En diálogo con esta visión, Santiago García Galván planteó una reflexión complementaria desde el ámbito del storytelling y la producción cultural.
Cuando se habla del futuro del relato en el contexto de la inteligencia artificial —señaló— el impulso inicial suele ser preguntarse qué va a cambiar. Pero la pregunta verdaderamente importante es otra:
Antes de hablar de formatos, volumen de producción o eficiencia, es imprescindible hablar de gobernanza. El futuro del storytelling no puede construirse sin marcos legales y éticos claros que definan qué es autoría, quién es responsable de una obra, cómo se protegen los derechos de autor y qué distingue una creación humana de una creación asistida por IA.
La inteligencia artificial no arriesga nada al publicar una historia. No tiene nombre, trayectoria ni consecuencias morales. Quien sí arriesga es el ser humano.
De ahí la necesidad de una transparencia radical: sobre qué contenidos han sido creados con IA, cómo se entrenan los modelos, cómo se utilizan los prompts y qué sistemas de revisión y validación existen. No para frenar la innovación, sino para evitar el plagio, la dilución de la autoría y la pérdida de responsabilidad moral.
García Galván amplió la reflexión hacia el futuro del trabajo y de la economía. La sobre–eficientización de los modelos productivos plantea paradojas evidentes: producir más no garantiza bienestar si la demanda se reduce por la pérdida de ingresos y empleo.
La transición hacia modelos como el ingreso básico universal, advirtió, no es inmediata ni sencilla. Requiere diseño social, acuerdos políticos y tiempo. En cinco años, el mundo seguirá en transición.
Sin embargo, ahí aparece la paradoja positiva: a medida que la automatización libera tiempo, crece la necesidad de sentido. Lo vimos durante la pandemia: mayor consumo de contenidos, mayor búsqueda de historias, mayor necesidad de conexión.
Por eso, pese a los desafíos, el futuro del storytelling es prometedor. Las historias seguirán siendo la herramienta más poderosa para construir empatía, comunidad e imaginación colectiva. La tecnología puede amplificar esa capacidad, siempre que no olvidemos que el centro sigue siendo humano.
La conclusión de la mesa fue clara y compartida: la inteligencia artificial no viene a reemplazar la narración humana; viene a ponerla a prueba.
El futuro del storytelling no dependerá de los algoritmos más avanzados, sino de la capacidad de las sociedades para organizar, gobernar y usar la tecnología con intención, ética y responsabilidad.
La IA no está reemplazando la soberanía.
La está redefiniendo.
Y quienes entiendan esto no solo consumirán el futuro: participarán activamente en dar forma a su conciencia, su cultura y su dirección.
