Con motivo del estreno de ‘Cumbres borrascosas’ (2026), la película de Emerald Fennell, la novela en la que se basa regresa a las librerías en nuevas ediciones.Con motivo del estreno de ‘Cumbres borrascosas’ (2026), la película de Emerald Fennell, la novela en la que se basa regresa a las librerías en nuevas ediciones.

El resurgir de ‘Cumbres borrascosas': por qué el clásico de Emily Brontë sigue fascinando a lectores y espectadores

2026/02/10 17:21
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La escritora española Almudena Grandes, ante la pregunta de si le gustaría ganar el Premio Nobel, respondía que, ella, lo que hubiera querido es escribir Cumbres borrascosas. La madrileña es solo una de la larga lista de escritores entusiastas de esta obra maestra. En realidad, sus incondicionales empezaron a surgir mucho antes, en el entorno más inmediato de la autora: su hermana Charlotte fue la primera en reconocer su genialidad.

Taylor Swift, cultura pop, la Buenos Aires de Buji y Cumbres Borrascosas

Lo expresó en una nota biográfica a propósito de una reedición de Cumbres borrascosas (1847) de 1850, en la que traza un perfil de sus hermanas y revela su fascinación ante el hallazgo de los poemas de su hermana Emily, a su juicio, “los únicos que valen la pena” del volumen que publicaron las tres: “No se trataba de efusiones corrientes ni se parecía en nada a los versos que suelen escribir las mujeres”, escribe Charlotte. “Me parecieron directos y tersos, vigorosos y genuinos. […] Tenían una musicalidad particular, salvaje, melancólica y edificante”.

Estos últimos calificativos –salvaje, melancólica y edificante– también pueden aplicarse a su obra maestra; e incluso, guiándonos por el retrato esbozado por su hermana mayor, a su propia autora, Emily Jane Brontë (Thornton, 1818-Haworth, 1848), que publicó su obra maestra bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell para sortear los obstáculos de la época a la publicación de mujeres escritoras. Murió a los 30 años de tuberculosis, como su hermana Anne (Thornton, 1820 - Scarborough, 1949) unos meses después. Desde niña acarició el sueño, compartido con sus hermanas, de convertirse en escritora. Solo llegó a escribir una novela, además de los poemas, pero su huella en la historia de la literatura, junto con el misterio que rodea al clan Brontë, no deja de provocar fascinación.

Una fascinación que se materializa en múltiples vertientes de la cultura contemporánea, en la que, por supuesto, no puede ignorarse el cine. Su nueva adaptación, dirigida por Emerald Fennell -actriz en otras adaptaciones literarias, como Anna Karénina (2012), La chica danesa (2015), Pan (2015) o Vita y Virginia (2018)-, con Margot Robbie y Jacob Elordi en los papeles protagonistas, es la última aproximación al clásico, en plena ola de un renacimiento del interés por las historias góticas románticas.

Historias tenebrosas para un mundo sombrío

Tendencias como el dark academia –un subgénero de la literatura gótica que engloba la ficción de internados y colleges, con una estética oscura y de aire clásico, como el libro Babel (2022), de R. F. Kuang, o la serie de televisión Merlina (2022-2025), por poner dos ejemplos recientes–, el redescubrimiento de El secreto (1992), de Donna Tartt, que se convirtió en fenómeno viral de las comunidades lectoras en línea, o la reedición de clásicos contemporáneos como El mago (1965), de John Fowles, y Posesión (1990), de A. S. Byatt, indican una receptividad renovada hacia el género gótico por parte de las nuevas generaciones de lectores.

Esta corriente literaria llega después de una década de predominio de la autoficción y la narrativa más contemporánea entre los jóvenes, con autores como Sally Rooney, Caitlin Moran, Naoise Dolan y Gabrielle Zevin a la cabeza, entre otros. Frente al gran relato, se impuso un tipo de novela más íntima, que pone la lupa sobre los conflictos personales en un proceso de redefinición de la identidad, de explicarse a uno mismo en diferentes etapas vitales.

El auge, o más bien el regreso a primera línea, de la literatura de tintes lóbregos con un marco que remite a tiempos remotos puede deberse, para empezar, a una reacción de hartazgo ante la tendencia precedente: llega un punto en el que las historias individuales, los traumas expuestos (no solo en los libros), dejan de impactar, cansan. Esas narraciones, además, suelen ser breves, su lectura dura poco, como tantas prácticas de esta era de la inmediatez. En la búsqueda de un clásico o una versión renovada del género gótico, que son novelas de largo aliento, se observa un deseo de duración, de la lectura como refugio en el que permanecer durante varios días o semanas, en oposición al consumo rápido, al ritmo frenético que impone la sociedad.

Jaco Elordi y Margot Robbie en la reimaginación del clásico de Emerald Fennell Warner Bros

Los temas, así como la ambientación (fundamental en este tipo de historias), tampoco se pueden separar del contexto sociopolítico en el que vivimos. Porque lo que es tendencia no son las comedias de P. G. Wodehouse, David Nobbs o Eduardo Mendoza, sino algo que, a menudo, roza lo macabro. No solo por la ficción gótica de aire clásico: la nueva generación de escritoras latinoamericanas (como Samanta Schweblin, Mariana Enriquez o Mónica Ojeda, entre otras) o la omnipresente novela negra en el territorio best-seller, cada vez más tétrica, también responden, desde otras técnicas literarias, a ese patrón. También están aumentando los sellos editoriales dedicados al género del terror, tantas veces relegado al circuito alternativo.

¿Por qué esta atracción por lo turbulento? Quizá porque el sentimiento contemporáneo que impera es, junto con la incertidumbre, el miedo. El trumpismo, la extrema derecha europea, la emergencia climática o la crisis de la vivienda son solo algunas de nuestras preocupaciones más habituales, más definitorias de estos tiempos. Y, aunque de entrada suene a paradoja, tiene sentido que, ante el desasosiego, busquemos amparo en historias aún más oscuras que nuestro futuro. La ficción, al recrear escenarios extremos, traslada al lector a una situación que le permite anticiparse al desastre, sentir la emoción fuerte sin el dolor que conlleva en una experiencia real. Lejos de desalentar o asustar, tienen un efecto catártico.

La fascinación por ‘Cumbres borrascosas’

Sin embargo, Cumbres borrascosas no es un caso del montón: esta obra, desde siempre, posee un magnetismo capaz de subyugar a lectores de cualquier época, muy diversos entre sí, y en diferentes etapas vitales. Es frecuente llegar al libro por primera vez en la adolescencia, atraídos por esa promesa de romance intenso entre Heathcliff y Catherine, tan diferente a (otra lectura de formación) las parejas de Jane Austen. En la práctica, no obstante, lo que uno encuentra, más aún cuando se vuelve a leer años después, es una narración con muchas capas. Misteriosa, sí, aunque no en el sentido convencional.

Es un misterio cómo Emily Brontë logró ensamblar una novela como esta; un clásico, un referente y, por eso mismo, un hito imposible de igualar. Porque está escrita con algo más que oficio: se diría que la escribió “en estado de gracia”, tiene ese “don”, ese talento inclasificable de los genios, un hechizo, un arte, lo que en música se llamaría “duende”. Ese es el encanto sombrío que ya constató su hermana Charlotte, y que grandes escritores de todos los tiempos, como Virginia Woolf, Sylvia Plath, Ernest Hemingway o Margaret Atwood, han venerado.

Cumbres borrascosas narra una relación tormentosa, pero es mucho más que la historia ¿de amor? Una de sus claves se encuentra en el punto de vista: la acción comienza con el motivo clásico de la llegada de un forastero, que conocerá el pasado de su casero, un señor Heathcliff hosco y amargado, a través del relato del ama de llaves, la señora Dean, que encaja en lo que se conoce como narrador no confiable, otro recurso recurrente del género. En otras palabras: el lector descubre esta historia a través de la mirada subjetiva de un personaje vinculado a los protagonistas, que le comunica, ni que sea de manera inconsciente, sus afectos y prejuicios.

Margot Robbie en la nueva versión de 'Cumbres Borrascosas' Warner Bros

Esto, unido a la estructura –dos historias sucesivas, la de los protagonistas, Heathcliff y Catherine, y, a continuación, la de sus herederos, que en cierto modo repite el patrón en lo que hoy puede interpretarse como la historia un linaje en el que las heridas no curadas se heredan de generación en generación–, da lugar a una obra con múltiples capas, con esa narración dentro de la narración, ese trasvase de protagonismo sin dejar de constituir un todo, con ese halo de leyenda, de mito que los envuelve a todos.

Esto último, además de reforzarse por las eventuales inexactitudes de la narradora y su sistema de valores, se alimenta del paisaje en el que se desarrolla: los sombríos páramos de las colinas de Yorkshire, donde las hermanas crecieron. Hijas de un pastor anglicano, su infancia estuvo marcada por la pérdida temprana de la madre (en 1821), recibieron una educación exquisita y en su juventud trabajaron como institutrices –experiencias que a Charlotte le inspiraron, en parte, Jane Eyre (1847), Villette (1853) y El profesor (1857); y, a Anne, Agnes Grey (1847)–.

Desde pequeñas cultivaron el amor por la lectura y, desde su pueblo aislado en aquel paraje agreste, fantaseaban con mundos imaginarios a los que escapaban en sus juegos, que, poco a poco, se convirtieron en tentativas literarias más serias. Las hermanas eran jóvenes solitarias, tenaces y perseverantes en su propósito de ser escritoras. De Emily, dice Charlotte que en su carácter “parecían encontrarse los extremos de la sencillez y el vigor”: “Bajo una cultura sencilla, unos gustos naturales y sin artificio y una apariencia modesta, había una fuerza secreta y un fuego que podrían haber inspirado el cerebro e inflamado las venas de un héroe”.

Las inagotables lecturas de un clásico

Obra y autor siempre van unidos, pero a veces otro creador lleva un texto a su terreno y da forma, con su estilo, a una creación nueva, acorde con la sensibilidad de su tiempo y de su artífice. Es lo que hizo la cineasta Emerald Fennell con su adaptación, y así volvió a poner el clásico sobre la mesa de novedades. Son muchas las editoriales que, aprovechando la ausencia de derechos sobre el texto, se lanzaron a reeditarla en ediciones para todos los gustos (y bolsillos), desde la exquisitez de las de Siruela (trad. Cristina Sánchez-Andrade) o Molino (trad. Nicole d’Amonville) a los formatos más económicos de Alianza (trad. Rosa Castillo) o Austral (trad. Rafael Santervás).

Pero si una edición que sobresale por méritos propios es la de Akal: una joya editada y anotada por la investigadora Janet Gezari (Newark, Nueva Jersey, 1945), que, después de una carrera dedicada al estudio de las hermanas Brontë, la poesía victoriana y otros autores como Vladímir Nabókov, en 2014 publicó una exhaustiva edición del clásico que ahora ve la luz en castellano con traducción de Lucía Márquez de la Plata.

Este volumen, de gran tamaño, forma parte de la colección de la editorial dedicada a las ediciones anotadas de clásicos, en la que también están Mujercitas, Frankenstein, Peter Pan y Orgullo y prejuicio, entre otros. No es un libro para quienes descubran Cumbres borrascosas por primera vez, sino para los que ya son grandes amantes de esta novela: hay un perfil biográfico de la autora y su familia, análisis de cada capítulo, asociaciones de determinados pasajes con las influencias de Emily y otras obras, comentarios sobre las adaptaciones y diversas curiosidades. El texto se acompaña de una amplia selección de fotografías de pinturas, grabados, ediciones originales y escenas de las películas.

En suma, la de Janet Gezari es una edición excepcional por la profundidad del estudio, la calidad de la encuadernación y el atractivo visual que proporcionan las imágenes; un libro digno de regalar a uno de sus entusiastas o de regalarse a uno mismo para celebrar la nueva adaptación de la novela. Porque, sí, todavía queda mucho por desentrañar de Cumbres borrascosas y las Brontë, todavía pueden ofrecerse nuevas aproximaciones, matices y precisiones que enriquezcan la perspectiva de quienes ya la conocen y que, a la vez, la acerquen a las nuevas generaciones. Bienvenidos a este universo de obsesión, relaciones posesivas, desdicha y abatimiento que, en pleno siglo XXI, sigue muy vivo.

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