La tasa de inflación de enero 2026 ascendió a 2.9% mensual, equivalente a 41% anual, la tercera tasa de inflación más alta del mundo luego de las de Venezuela e Irán, dos países con dificultades institucionales de cierta gravedad: al primero le “extrajeron” al presidente y en el segundo hay escasez de agua y un lock down del comercio minorista. Se trata, además, del octavo mes consecutivo de aumento de la tasa de inflación argentina, que se duplicó en este período, desde 1.5% hasta el actual 2.9%.
Si separáramos de la muestra a estos dos países outliers, la tasa de inflación argentina sería la más alta del mundo, en el que existen 180 países desde el punto de vista económico. Colapinto pasó del podio a la pole position. Estimado lector, detengámonos un instante en mensurar lo que tal cosa significa. Argentina tiene más inflación que países como, por ejemplo, Ucrania, un país invadido desde hace cuatro años, en el que están siendo bombardeadas sus centrales eléctricas, entre otros fenómenos fuertemente inflacionarios.
La cosa tiene dos agravantes. El primero es que si el INDEC hubiera actualizado el IPC, la inflación sería (un poco) más alta aún.
El segundo agravante es dramático. El gobierno cree que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario; más que una teoría, una experiencia religiosa. Pese a ello, todas las causas reales de inflación en Argentina, sobre las que el gobierno basa su plan antinflacionario en el mundo real -los mercados son ateos-, no son hoy pro-inflacionarias, sino todo lo contrario:
a) el tipo de cambio real está muy atrasado, y planchado;
b) el PBI, medido “punta a punta”, estuvo estancado durante 2025;
c) los salarios reales tienen techo oficial; y
d) existe superávit fiscal (primario). Detengámonos aquí otro instante: pese a dos años de superávit fiscal, que no demanda emisión de dinero, la tasa de inflación es la que es, luego de dos años de monetarismo explícito. Parafraseando a M. Friedman, no siempre y/o no en todo lugar, la inflación es un fenómeno (estrictamente) monetario. Para refutar una hipótesis conjetural, basta un contraejemplo: Argentina, 2024-2026.
Dicho de otro modo, si las variables (a-c) recién reseñadas tuvieran valores “normales” -de steady state, o equilibrio de largo plazo, diría un economista-, la tasa de inflación sería sensiblemente mayor. Vale decir, cuando la macroeconomía se estabilice y se encamine hacia un (moderado) sendero de crecimiento económico, la tasa de inflación no va a bajar, va a subir. La literatura económica llama a este fenómeno “inflación reprimida”; es decir, si no estuviera reprimida, la tasa de inflación actual sería (sensiblemente) mayor. Y mejor sigamos con este IPC: siempre es preferible sospechar una infidelidad a tener la certeza de que ha ocurrido.
Luego de dos años de política económica monetarista, ya lejos de la herencia populista, el gobierno tiene un fenomenal problema inflacionario. El gobierno está en una trampa. Como es creyente, yerra sistemáticamente en el diagnóstico, y entonces muy probablemente se vuelva a equivocar al intentar una solución: un nuevo ajuste fiscal, sumado a una mayor apertura económica con atraso cambiario, que inducirán una recesión o, de mínima, continuarán el actual estancamiento económico, profundizando el cierre de empresas, el aumento del desempleo y el subempleo, y la caída del salario real, fenómeno que ya ha dado comienzo.
Peor aún, nada de esto garantiza que la inflación baje, tal como acabamos de ver en el pasado reciente. Esta trampa es un fenómeno bautizado en la literatura como “estanflación”, que es exactamente donde estamos parados: el PBI estancado convive junto a la tercera tasa de inflación más alta del mundo.
A esta experiencia religiosa el gobierno la llama de un modo muy creativo: “éxito”. Gente de fe.
La entrada El éxito y el fracaso, esos dos impostores se publicó primero en Revista Mercado.

