Pensar en árboles para veredas angostas suele generar resistencia: miedo a las raíces, a la sombra mal ubicada, a las copas desproporcionadas. Sin embargo, el problema no es el árbol, sino la elección.
En ciudades argentinas cada vez más densas, los árboles nativos de porte medio o pequeño aparecen como aliados estratégicos: se adaptan al entorno urbano, conviven mejor con el suelo compactado y, sobre todo, restituyen funciones ecológicas que la ciudad necesita con urgencia.
La murta (Ugni molinae) es uno de esos aliados urbanos. De copa amable y crecimiento controlado, ofrece algo que pocos árboles brindan: frutos multicolores, que cambian de tonalidad a medida que maduran y se convierten en una fuente clave de alimento para la fauna urbana. Zorzales, calandrias y otras aves encuentran en ella un recurso estable.
Otro arbol urbano para tener en cuenta es la acacia mansa (Sesbania punicea). Su porte contenido y su floración de naranjas intensos la vuelven ideal para calles angostas donde se busca impacto visual sin crecimiento excesivo.
Florece con generosidad, atrae insectos benéficos y aporta una presencia atractiva que dialoga bien con arquitectura contemporánea y barrios tradicionales por igual.
Más sutil, pero ecológicamente poderosa, es la barba de chivo (Aruncus dioicus). Sus flores color crema son muy particulares y constituyen un verdadero elixir para polillas y picaflores, dos actores clave de la polinización urbana.
Incorporarla en la vereda es apostar por un árbol que trabaja para la fauna local mientras embellece con una floración delicada y poco común en el arbolado urbano.
El sauco (Sambucus australis) merece un capítulo aparte. De crecimiento armónico, desarrolla grandes inflorescencias blancas y perfumadas que iluminan las calles en época de floración. Es una especie noble, con fuerte arraigo cultural, que además ofrece frutos y refugio para aves.
En veredas angostas funciona especialmente bien cuando se lo deja expresar su forma natural, sin podas agresivas que desvirtúan su arquitectura.
Y si de relaciones invisibles se trata, el sen del campo (Senna corymbosa) es una joya. Sus flores amarillo intenso aportan color y belleza, pero su verdadero valor está en el follaje: alimento fundamental para las orugas de varias especies de mariposas, y especialmente para el celestín, una de las más emblemáticas de nuestros entornos urbanos.
Cómo la ciudad logró una primavera eterna
Los árboles nativos son especies que evolucionaron en estos suelos y con estos climas. En tiempos donde cada metro cuadrado cuenta, estos árboles demuestran que el tamaño no define el impacto: lo define la inteligencia con la que se diseña.

