Cuando a los 17 años Adrián Brown hizo un test vocacional, el resultado no parecía claro, quizás demasiado variado: arquitectura, diseño gráfico, medicina, ciencias biológicas y lo eclesiástico aparecían como opciones. Un panorama incierto que, aunque él aún no lo sabía, se convertiría en un mapa de su vida. Pero tuvieron que pasar 20 años para que todo cobrara sentido.
En su recorrido logró que dos profesiones, al parecer opuestas, pudieran convivir y retroalimentarse. ¿La primera? Médico dermatólogo. ¿Qué más? Diseñador de Alta Costura que, además de ser un gran elegido para vestidos a medida, se convirtió en un nombre querido y admirado en el universo de la moda.
Soy más que Rada. La caja que le cambió la vida, el traje de Wonka y el día que se tuvo que bajar del escenario
Pasó de las residencias y de los consultorios a un atelier y a desfiles; de diagnosticar enfermedades y usar láser dermatológico a rodearse de maniquíes, telas preciosas y costuras. E hizo que sus dos mundos convivan en su misma piel.
Al cumplir los 40, Adrián Brown decidió volcar su creatividad en una pasión postergada, el diseño. Pero para entender su historia es imprescindible retroceder a su infancia, en Dolores, a 220 kilómetros de donde tiene ahora su atelier, cuando su juego preferido era elegirle la ropa a su hermana, con quien compartía ese ojo estético.
“Creo que mi vínculo con lo estético, con lo femenino, nunca fue bien recibido en mi familia. Siempre tuve muchos cuestionamientos por haberme, de chico, vinculado con lo femenino”, dice Adrián Brown, vestido de impecable camisa y pantalón formal, y con anteojos de marco grueso al estilo Yves Saint Laurent.
–¿Cómo te vinculabas con lo femenino?
–Poniéndole ropa a mi hermana, jugando con trapos. Todo hecho en una trastienda, en una cosa de intimidad con mi hermana. Después, ya más adolescente, empecé a mostrar mi ojo estético, mi mano. Siempre hacía algo: ponía flores en mi casa o armaba la mesa. Me dejaron ir por lo estético, pero siempre con una cuota de cuestionamiento.
–Y con tanto interés por lo estético, ¿por qué decidiste estudiar Medicina?
–Yo tenía que plantear una carrera de peso, para que mis padres me dijeran: “Andá a estudiar a Buenos Aires” y así poder salir de Dolores. Entonces yo me salí con el armado del médico y por la vocación de servicio que tengo. Hice una carrera brillante, porque me recibí a los 23 años. Me la pasaba estudiando y la hice perfectamente, con entusiasmo, y me fue muy bien.
–Antes de pensar en la Medicina evaluaste ser sacerdote.
–Sí, soy muy cristiano, no de misa diaria, porque a veces no me da el tiempo, pero sí o sí voy los domingos. Mi primer contacto más fuerte con la Iglesia fue cuando tomé la Comunión. En mi casa eran católicos, pero no tan devotos. Siempre necesité a Dios en mi vida. Incluso me juega una buena pasada lo estético de la Iglesia.
–¿Por qué?
–Porque me juega una cosa contenedora todo lo que es la ornamentación religiosa, la liturgia, la música. De chico ya la Iglesia me resultaba un bálsamo. Me bautizaron y tomé la primera comunión en la Catedral, la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores. Cuando fui creciendo, me acerqué a los grupos de acción católica e hicimos jornadas de vida cristiana, y seguí cuando comencé la facultad.
Tan profundo era su vínculo con la Iglesia que, cuando cursaba segundo año de su carrera, se planteó la vocación sacerdotal. “Estaba de novio con una chica de Dolores y, la verdad, tenía un muy mal noviazgo. Mi mejor amigo acababa de entrar al seminario… Me influenció y me fui un verano a un pueblo cercano, pasé 15 días con un cura que me hizo como una especie de acompañamiento. Pero finalmente decidí retomar en marzo con la medicina en la Universidad de la Plata. Avancé con mi carrera… y se terminó el noviazgo.
Mientras habla, gira el anillo de su dedo anular. A simple vista podría ser un gesto mínimo, pero para él es una plegaria. “Es un rosario vasco que compré en el Vaticano. A veces rezo en la calle, en el camino al atelier o cuando llevo a Eugenia [su hija, de 10 años] al colegio. Cuento las oraciones, porque es una decena. Voy girándolo y me sirve para mantener la concentración. No lo uso siempre, a veces solo la alianza”, dice.
–Además del San Benito que custodia tu atelier, ¿conservás imágenes religiosas?
Sí, medallas. Siempre tuve colgada la Virgen Milagrosa, pero la perdí. Lo tomé como una señal. Porque la protección igual está, a pesar de no tener la medalla. Quizás la encontró alguien que la necesitaba. Lo más valioso que tengo es una Dolorosa, Nuestra Señora de los Dolores, en el hall de recepción de casa. Es una imagen del siglo XVII, italiana, no es hispana. La encontré en José Ignacio, porque a donde voy, siempre entro a los anticuarios. Estaba vestida de blanco, como con unas enaguas, pero la reconocí por sus manitos y carita. El señor del anticuario me dijo que tenía su ropa negra, pero que si se la ponía, no se la vendería a nadie. Me dio un frío… ¡Cómo podría tener así desnuda a la pobre Virgen! Tenía si ropa original, y lo único que le faltaba era el corazón con los siete puñales. Hice restaurar el hábito y limpiarla por un experto, porque es de madera policromada. La restauraron un poco, pero estaba intacta porque tiene los deditos sanos. Conseguí la diadema que le faltaba y un corazón de plata cuando viajé a Cusco, pero no tiene los siete puñales, Siempre estoy en búsqueda de eso.
Tuvo la carrera perfecta en la Universidad de La Plata. Siguió con la residencia de pediatría en el Hospital Alemán y el último año en el Garrahan, en dermatología infantil con el reconocido doctor Adrián Martín Pierini. Pero aun con la vida resuelta y la carrera encaminada, sentía que la creatividad estaba en plena ebullición y que la búsqueda no terminaba. El paso siguiente fue acercarse a la medicina estética.
“En ese entonces, Pierini me dice: ‘Brown, si usted quiere terminar esto, tiene que terminarlo bien, se tiene que presentar al curso superior de Dermatología en la UBA’. Rendí el examen, pasé la entrevista e ingresé porque curricularmente tenía todo. Elegí el Argerich como base, como hospital-escuela y ahí lo conocí al doctor Edgardo Chouela, que era el jefe de servicio”, recuerda.
–¿Te sentías más cómodo con esa elección?
–Sí, ahí me empecé a sentir más cómodo, más en mi salsa, a vincularme de entrada con la estética. Después comencé a hacer rejuvenecimiento facial con láser, que fue lo que más hice.
–¿Cuándo terminaste la residencia?
–En 2000. Yo quería hacer consultorio dermatológico. Como tengo esa agudeza visual y esa memoria fotográfica, el diagnóstico me salía muy fácil y la dermatología también, por mi ojo estético. Vi diagnósticos una vez en mi vida y los vuelvo a ver hoy y me acuerdo qué es. De todas maneras, iba todas las mañanas al Hospital Argerich, rotaba entre los consultorios especializados de tumores, enfermedades de infecciones de transmisión sexual, acné, rosácea, psoriasis, todo. A la tarde trabajaba con Chouela. Empecé con él; después me dieron un consultorio y me fui enganchando.
–¿Y dónde quedaba tu creatividad?
–Nunca se adormeció. Porque si no le estaba dibujando un vestido a mi hermana, lo estaba pensando para una amiga… Bocetando, no confeccionando, dándoselo a una señora, a una modista del barrio.
Al final de la residencia había decidido aprender a bocetar y eligió de maestra a la diseñadora Elsa Serrano, porque admiraba su trabajo. Luego siguió estudiando y perfeccionándose en moldería, para entender más el proceso.
–¿En ese entonces estabas decidido a dedicarte al diseño?
–No tanto. Era como un hobby, lo veía como un divertimento todavía. Hasta que un día, mi terapeuta me dijo: ‘Mirá, si vos querés que esto florezca, tenés que tomártelo en serio y hacer de esto una profesión. Tenés que sacarte todos los escrúpulos, empezar a fluir y mostrar que tiene mucho peso en vos. Y creo que es lo que te va a llevar a trascender, a contar esto de vos, no el médico’. El médico estaba bien, pero lo creativo siempre estaba ahí dando vuelta. Era muy difícil de hacerlo más allá del modo terapéutico. Y de a poco empecé, hice una colección.
–¿Cuándo el interés por la moda se transforma en profesión?
–Poco antes de los cuarenta años. Fue algo terapéutico. Hice crisis, una crisis madurativa, vocacional, interna mía. Metí todo en la misma bolsa hasta que encontré mi terapeuta actual, que me ayudó.
–¿Cómo surfeaste esa crisis?
–Yo quería largar la medicina. Ya había empezado a tomar los cursos en moldería y con Elsa Serrano... Porque me costaba mucho no tener formación para encarar el diseño. Era uno de mis traumas, si tenía tan buena formación como médico, cómo iba a encarar ser un diseñador si no tenía formación. Entendí que tenía como agarrada con alambre la constitución de todo lo que era mi vocación. Sin duda, la moda era muy fuerte, estaba en mi ADN.
–¿Te ayudó la terapia?
–Sí, entendiendo que le tenía que empezar a dar lugar a la moda, y pensaba que si francamente lo haría, tenía que hacerlo bien y empezar a contar que haría moda. En el consultorio, a raíz de lo de Chouela y de mi hacer estético, tenía vínculo con muchas mujeres de la moda. Mora Furtado, Evelyn Scheidl, Teresa Calandra, Leonor Benedetto, la Alfano... Por eso, mi primer desfile se llamó “Piel y seda”, en 2009.
–¿Qué característica tenía esa colección?
–Vestí a mis pacientes y a mis amistades, no lo hice con modelos. Las vestí a todas con un vestido color piel y las presenté en un evento en el Marriott. Fue una manera de contar que finalmente haría moda.
Mientras tanto, turnaba sus días entre el consultorio y la clínica. Hasta que conoció a Victoria, licenciada en Historia y que ama tanto la moda como él, y con quien tiene una hija, Eugenia, de 10 años.
–¿Ella qué lugar ocupa en la empresa?
–Sobre todo la atención de clientes, que a mí me cuesta más. Entonces ella tiene un diálogo más continuo.
–¿Por qué te cuesta?
–Me cuesta engancharme con eso. A mí dame todo lo creativo, todo lo productivo; puedo coser, todo lo que sea atrás. Pero el contacto con la gente a veces me genera una cierta incertidumbre, no sé cómo manejar su no certeza. Por ejemplo, sé que un vestido le quedará bien a una clienta, lo imagino, entiendo el proceso. Pero cuando la gente duda y empieza a cuestionar sin saber, o cuestionar antes de tiempo, ahí participa ella.
–¿Es cuando el médico le gana al diseñador?
–Me he ido aflojando, pero como vengo de ese rol de médico… Dentro del consultorio yo te daba una crema, o te decía “este diagnóstico es este, hay que hacer una biopsia”. El paciente no me cuestionaba, de última iba a ver a otro especialista para tener otra opinión, pero en realidad la gente no te cuestiona el hacer médico. Nunca me pasó.
–Pero es distinto para el diseñador.
–Si me cuestionan asuntos estéticos, que a mí me parecen que están muy bien y que van por buen camino, me pone más nervioso. Porque siento que muchos peores procesos se echan a perder por interferencia de la misma persona o de terceros.
–¿Te arrepentís de haber elegido Medicina en tus comienzos?
–¿Sabés que no? Siento que en algún punto me estructuró una parte de mi cabeza, de todo lo que logré entender desde lo humano, del comportamiento. La piel, por ejemplo, exterioriza mucho quiénes somos. Entonces me ayudó a construir desde todo punto de vista, además desde la templanza… Vi cómo murieron chicos en terapia intensiva, por ejemplo, acompañé a papás… Entonces hoy puedo desdramatizar. Si el vestido no te queda bien, hacemos otro. Me da lo mismo, para mí no es tema, acá no pasó nada, podemos empezar de cero.
–¿Eso se lo debés al médico?
–La templanza me la dio el médico. A mí la moda, la verdad, no me estresa. Los desfiles los vivo con más alegría, no tengo miedo a que me vaya mal. Si queda mal, y... lo voy a volver a hacer. Encuentro todo más liviano, es otra instancia, más periférico. Yo no podría ser quien soy si no fuera médico.
–Diseñador y médico definen quién sos.
–Una vez, una diseñadora vio mi escritorio y.me dijo: ‘Eso es la oficina de un médico’. le respondí: ‘Bueno, este es el que soy yo’. No puedo tener el escritorio del diseñador desordenado con las telas arriba de las cosas porque a mí no me sirve para trabajar. Entonces me dice, ya no te representa como diseñador, vos tenés un médico ahí. ¡Pero si yo soy médico!
–¿Cuándo lograste soltar al médico?
–El último láser lo hice en diciembre de 2022, a una amiga. Siento que es una etapa cumplida. Aunque son dos mundos que para mí pueden convivir, en un punto empecé a sentir que ya no me entusiasmaba, que no tenía mucho más para dar. Me fui desactualizando, porque fui como perdiendo eso de estar en lo último... De a poco fui soltando. Fue paulatino, hasta que se apagó.
–Alguna vez dijiste que, si uno no hace lo que quiere, se enferma.
–Sí, creo que se enferma o va hacia un camino de desazón cuando la vida te pide que saques tus talentos o lo verdadero, lo que viniste a hacer. Es muy difícil transitar una etapa de la vida sin saber quién sos y sin saber que viniste a dar algo, aunque sea pequeño. La mayoría de la gente transita la vida en un pasar de poca profundidad, se pierde de indagar un poco cuáles son sus necesidades, esa cosa de buscar dónde vos te sentís más cómodo, o tus múltiples talentos.
–¿Eso afectaría la salud?
–Todo eso es parte de una estructura psíquica humana que se vincula con el sistema neuroendócrino y con lo inmunológico. En el sistema inmunológico, cuando una persona empieza a tener estas tristezas, este cúmulo de frustración, un poco de desazón, un poco de desánimo, empieza a cambiar biomolecularmente, ocurren metabólicamente ciertas cosas que predisponen la enfermedad. Y muchas veces el detonante termina siendo un golpe vivido en aislamiento psíquico, gestado previamente por una serie de sucesos y de cosas a las que no diste lugar, cuando no hay una búsqueda de lo pleno, de lo que te eleva. Ese regocijo no llega ni por lo externo, ni por un vínculo, ni por nada, porque es la relación con vos mismo. Pienso que además es el camino, esa cosa digamos de destino, de alinearte con lo que viene de arriba, con un camino de bendición... El tema es dar con ese camino. Porque si vas por la banquina, vas por el granizo, vas por el obstáculo, la muralla, lo que te entorpece, no llegás... En cambio, cuando te alineas a esa búsqueda, por lo menos ya con la búsqueda avanzás.
–¿Cómo funciona esa búsqueda?
–Si uno va por el camino correcto, las cosas se facilitan. Cuando uno sigue la línea del destino, se empiezan a poner de manifiesto situaciones. Todo eso se empieza a sentir, ahí el pensamiento, overthinking, no vale para nada. No sirve elucubrar cosas.
Dentro de esa búsqueda existe un universo con mucho consumo cultural: prefiere el teatro, la ópera, las exposiciones de arte, el buen cine. En el Colón tiene el abono del Mozarteum. Sus lecturas favoritas están vinculadas con el universo médico y el estudio del comportamiento humano. “Si tuviera que hacer una carrera médica nuevamente, haría Psiquiatría. Me apasiona y me encanta Jung, el mundo de lo religioso, todo desde un concepto más humanístico. Tengo un mundo paralelo ahí, por eso en mis colecciones siempre pongo música religiosa, usé el Réquiem de Mozart en el último, o la Marcha fúnebre de Chopin”.
–¿Qué caminos te gustan explorar en cada nueva colección?
–Los tejidos. me encanta comprar géneros. Voy armándome una idea en la cabeza de lo que quiero contar. Eso me va marcando un poco el concepto de la colección. Me inspiran mucho las tafetas, los brocados, esos géneros más armados. Algunas cosas de fantasía, tipo bordados, pedrería, algunas mallas metálicas, agregan un plus. También me encanta el encaje.
–En el contexto de la situación crítica de la industria textil, ¿qué sucede con la alta costura en particular?
–Es un fenómeno raro, porque tenemos ropa colgada divina, hacemos dos colecciones al año por ahí, pero nuestras clientas se quieren hacer a medida, quieren algo más exclusivo todavía. Yo no hago tres vestidos iguales, tengo un vestido de cada uno. Puedo hacer con el mismo género dos vestidos, uno corto, uno largo; pero más de ahí no pasa. Están en el perchero, les quedan bien y es más práctico que se lo lleven. Les digo, si te lo ajusto, parece que está hecho para vos. Pero ahora la gente viene en búsqueda de esta cosa exclusiva. Para mí es un fenómeno mundial. Hay un resurgimiento, de alguna manera, de la gente que busca hacerse cosas a medida. Cuando vos te hacés un vestido a medida se nota en todos lados, no solo en la estructura del vestido, en la arquitectura, sino en las proporciones. Es impecable.
–¿Adaptás tu estilo a las tendencias?
–Yo hago lo que me gusta. De repente cambian los tejidos, hay algunos más modernos, y sí los uso. Pero, en realidad, yo trato de ser fiel a mi estilo.
–¿Cuál es ese estilo al que le sos fiel?
–Siempre atemporal, medio clásico, entre la década del 70 y el 80, esa cosa de volumen, de manga, de moño, de falda; esas siluetas medio desfasadas. Tal vez no tan sensual, pero sí fuerte. Cuando pienso en una colección, la pienso así.
–¿Si te piden algo que no esté en esa línea?
–A veces sucede. Por ejemplo, con una señora justamente que venía muy recomendada, y le dije: ‘Mira, perdoname, pero no lo sé hacer. Eso es para otro diseñador. Te puedo recomendar incluso quién te lo pueda hacer’. O a veces llegan con un vestido de inspiración, de alguien de afuera y a quien no admiro, y yo propongo algo distinto. Y así voy encontrando el camino.
–¿Y a vos, qué es lo que te gusta?
–A mí me gusta la ropa clásica. Me gusta lo que te distingue como mujer, que te da como una sofisticación, que te tira para arriba. Y la pieza única es un valor que estará cada vez más presente. El fast fashion y la moda descartable se terminó.
–Es una forma de consumo diferente.
–Sí. Un buen tapado, si está bien hecho, lo tenés para toda la vida. Un paño de cashmere, de lana, si lo cuidás, lo mandás a la tintorería, te dura.
–¿Eso define también tu forma de vestirte?
–Sí, siempre me pongo lo mismo. Esta camisa tiene quince años. No soy un tipo fashionista tampoco.
–¿Y se puede no ser fashionista en un mundo tan fashionista?
–Creo que sí, creo que se puede. Mi mundo es creativo, no fashionista. En mi página no dice ni que soy diseñador, soy una persona que ve la moda por lo creativo.
Esa misma creatividad que lo hizo cambiar de rumbo a los 40 años. “Siento que empecé una vida nueva, ¡me siento de 20!”.


