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No quisiera estar en los zapatos de Ebrard

2026/03/17 17:53
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Pocos funcionarios han tenido el tamaño de desafío como el que hoy tiene el secretario de Economía, Marcelo Ebrard.

El arranque formal de la revisión del T-MEC que tiene lugar esta semana implica todo un desafío, enormemente complejo.

La negociación a nivel secretarial comenzará el miércoles, pero desde el día de ayer ya hubo trabajos técnicos y hoy continuarán las conversaciones preparatorias con otros funcionarios.

A pesar de la señal positiva que este arranque implica, sería un error interpretar esa señal como garantía de una negociación tersa. Lo que viene será una revisión dura, cargada de presiones, con un equipo estadounidense experimentado y con una agenda que va mucho más allá del comercio.

Del lado mexicano, la negociación será encabezada por Marcelo Ebrard. Del lado estadounidense, por Jamieson Greer, hoy representante comercial y antes integrante del equipo de Robert Lighthizer en la negociación del primer mandato de Trump.

Es decir, Washington puso al frente a alguien que conoce el Tratado párrafo por párrafo, pero también entiende la lógica política del presidente norteamericano y sabe hasta dónde puede empujar sin rebasar ciertos límites.

Esa experiencia no debe subestimarse. Estados Unidos llegará a la mesa consciente de que México tiene prisa por reducir la incertidumbre que rodea al acuerdo. Y esa urgencia será usada como instrumento de presión.

No se tratará únicamente de revisar cláusulas o ajustar capítulos técnicos. La Casa Blanca buscará aprovechar la negociación para colocar sobre la mesa temas que responden a sus prioridades económicas, industriales y políticas.

Por eso, el reto para México consiste en no acudir a la revisión con una lógica defensiva. Hay que entender que también existen cartas del lado mexicano.

Durante una conversación en La Silla Roja de este domingo, Ildefonso Guajardo recordó que una parte decisiva de estas negociaciones ocurre en mesas bilaterales, aunque el desenlace termine siendo trilateral. Esa observación es relevante porque revela dos cosas: que no debe sorprender que Canadá no haya estado desde el primer momento, pero también que México necesita mantener una coordinación estrecha con Ottawa para impedir que Washington juegue por separado y trate de obtener ventajas distintas frente a cada socio.

No se trata de sobrerreaccionar, pero tampoco de ignorar señales. El hecho de que Canadá no haya sido incluido en la lista de países sujetos a investigación bajo la Sección 301 por “exceso de capacidad”, mientras México sí apareció junto con China, la Unión Europea, Vietnam o Corea del Sur, no fue precisamente un gesto amistoso.

Más bien, anticipa el tono que puede asumir la revisión: una negociación en la que Estados Unidos buscará entrar con instrumentos de presión ya desplegados.

Hay, además, dos terrenos en los que vale la pena prepararse desde ahora. El primero es la posibilidad de que Washington quiera normalizar la presencia de aranceles dentro del nuevo arreglo comercial. Si esa pretensión aparece formalmente, México tendría que rechazarla de entrada.

La esencia de un tratado como el T-MEC es justamente ofrecer certidumbre y reglas claras para el intercambio en América del Norte. Incorporar aranceles como componente aceptable del acuerdo equivaldría a vaciarlo de contenido.

El segundo terreno es el de las reglas de origen, particularmente en el sector automotriz.

Es previsible que Estados Unidos insista en elevar el contenido regional para favorecer su estrategia industrial. Pero México debe evaluar con sangre fría hasta dónde conviene acompañar esa exigencia. Una regla de origen excesiva, lejos de fortalecer a la región, podría deteriorar la competitividad de las plantas instaladas en México y en los otros países, además de elevar costos y restar flexibilidad a una industria que ha sido exitosa precisamente por la integración eficiente de las cadenas productivas.

Y no sería extraño que, de una forma u otra, Washington intentara mezclar en la negociación asuntos que formalmente no pertenecen al ámbito comercial, como seguridad o migración. Esa ha sido una constante en la forma de negociar de Trump: ampliar el campo de presión, cruzar temas y convertir la dependencia mutua en palanca política.

Frente a eso, México no puede llegar ni resignado ni estridente.

El arte de negociar con Trump consiste en encontrar el punto de equilibrio: no asumir una posición que conduzca directamente al choque, pero tampoco aceptar como inevitables todas las exigencias estadounidenses. Se requiere cabeza fría, nervios de acero y, sobre todo, claridad respecto de los intereses nacionales.

Porque conviene no olvidar algo esencial: Estados Unidos necesita al T-MEC tanto como nosotros.

Lo requiere para dar viabilidad a su plataforma manufacturera, para reducir su dependencia de Asia, para asegurar cadenas de suministro regionales y para sostener su estrategia de relocalización productiva.

México no llega a esta revisión como un actor inerme ni como un simple receptor de condiciones. Llega como pieza indispensable de la competitividad de América del Norte.

Esa es la carta que debe jugarse con firmeza. La revisión será compleja y probablemente ríspida. Pero si México entiende el tamaño de su propia palanca, evita errores de precipitación y coordina con inteligencia sus posiciones, puede entrar a una negociación difícil sin hacerlo desde la debilidad.

El T-MEC no solo es importante para nosotros. También lo es para Washington. Y actuar en consecuencia será indispensable en los meses por venir.

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