La columna de Román Revueltas entra de lleno al debate sobre Cuba para cuestionar la narrativa que desde el oficialismo mexicano ha buscado reivindicar al régimen de la isla. Para el autor, el punto de partida es contundente: en Cuba no existen libertades políticas, económicas ni civiles, lo que vuelve insostenible cualquier intento de defensa en nombre de la soberanía.
Para Revueltas, el problema no es solo la postura diplomática, sino lo que revela sobre la visión del poder en ciertos sectores del oficialismo.
El columnista plantea una pregunta incómoda: qué es lo que realmente atrae a algunos simpatizantes del proyecto político de la 4T al observar el modelo cubano. ¿Es la figura de los líderes autoritarios, el control absoluto del poder o la narrativa construida en torno a la resistencia política? La interrogante, más que retórica, apunta a una crítica de fondo sobre la relación entre poder y libertad.
Pero el argumento central vuelve una y otra vez a un punto difícil de eludir. En Cuba, sostiene el autor, no hay elecciones libres, ni libertad de expresión, ni de asociación, ni condiciones para una actividad económica independiente. Esa realidad, afirma, basta para desmontar cualquier discurso que intente presentar al régimen como un modelo defendible.
En ese contexto, la defensa pública del gobierno cubano por parte de figuras políticas mexicanas se convierte, en la lectura de Revueltas, en una contradicción difícil de sostener. Lo que se presenta como una postura soberanista termina chocando con la evidencia de un sistema donde la libertad individual está profundamente restringida.
La soberanía suele invocarse como argumento político, pero su sentido cambia cuando se enfrenta a la realidad de los ciudadanos. Como sugiere Revueltas, defender un régimen sin libertades no fortalece la idea de soberanía: la vacía. Y en ese contraste, el discurso político termina cayéndose por su propio peso.
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