Posa en el living de su departamento, un espacio ecléctico y colorido en el que conviven en preciosa armonía sillones, mesas, libros, revistas, fotos, cuadros yPosa en el living de su departamento, un espacio ecléctico y colorido en el que conviven en preciosa armonía sillones, mesas, libros, revistas, fotos, cuadros y

Nació en La Plata. Triunfó en Francia, fue amigo de Salvador Dalí, diseñó joyas para Carolina de Mónaco y decidió regresar a la Argentina

2026/01/24 14:00

Marcial Berro (79) es un hombre exquisito, culto y refinado, que define con absoluta precisión cada idea y cada sentimiento. Platense, autodidacta, de una sensibilidad particular, curioso y creativo, cuando su ciudad le quedó chica empezó a viajar a Buenos Aires. Eran los 60, y el burbujeante Instituto Di Tella y la Galería del Este marcaban el pulso de una generación de artistas que, unos años después, tocarían el cielo con las manos, y ahí estaba él, haciendo amigos y descubriendo que no era una rara avis, que había muchos más con su misma mirada sobre el mundo. Y al mundo se lanzó a mediados de los 60: primero Nueva York, donde frecuentó personajes como Salvador Dalí y Andy Warhol, y luego París, donde se hizo amigo de Paloma Picasso, por ejemplo. Toda una aventura de iniciación, durante la cual se convirtió en diseñador de joyas y objetos. Pero fueron sus joyas las que lo elevaron a la categoría de estrella: de plata u oro, con zafiros, diamantes o piedras semipreciosas, austeras y de líneas galácticas… lo llevaron a trabajar para firmas como Montana, Chanel, Saint Laurent, Hermès y Fred, y a diseñar para clientas muy especiales, como Catherine Deneuve, Jessica Lange, Isabelle Adjani y Carolina de Mónaco, entre otras. De todo eso conversó con ¡HOLA! Argentina en una charla fiel a su espíritu: libre de mandatos.

En su guardarropa hay varias “joyas” que Marcial atesora desde hace años

–¿Cómo te definís?

–Diseñador. Pero en realidad lo que a mí me ha interesado es trabajar con mano de obra de gran calidad. He trabajado exclusivamente con los mejores ebanistas, orfebres, cristaleros, vidrieros, porcelaneros, herreros, alfareros… He trabajado siempre con la excelencia.

–¿En qué te inspirás para diseñar?

–Al principio, cuando empecé en Nueva York, hice mi mecano de joyería –que eran piezas que se combinaban entre sí y te podías hacer aretes, broches, lo que quisieras con las mismas piezas– porque quería diseñar algo que no existiera. Mi intención era hacer cosas nuevas. En esa época nadie hacía joyas, así que arranqué a hacer joyas.

–¿Tenés un don o lo tuyo pasa más por la disciplina?

–Lo que yo tenía eran ganas, muchas ganas, y la felicidad de tener un diálogo y complicidades con un grupo de amigos muy creativos, y eso me fue metiendo en esa jungla-jardín. Y seguí y seguí.

–Pero además de joyas diseñás objetos…

–Me gustaba mucho el teatro. Desde que me hice amigo de Alfredo Arias nunca dejé de ir al teatro, de ver todos sus ensayos, todas sus obras, y hasta trabajé con él. Por ahí hay un nexo entre los objetos que a mí me gusta hacer y el teatro, porque son objetos que representan el estar presentes, objetos que están para que se vean.

La biblioteca, recién terminada, fue ideada por él. “La lectura me lleva mucho tiempo –dice–. Los libros son mi mejor defensa”

–¿Tus diseños son caros?

–No son objetos de riqueza, son caros porque la mano de obra y los materiales son caros, pero no son para ostentar. Eso nunca me ha gustado. Y ha sido un problema en algún momento de mi carrera, cuando trabajé en Place Vendôme: ahí era difícil proponer sobriedad y austeridad, porque es algo que está en contra del negocio. Pero en general mis alhajas no son carísimas, nunca. Siempre las imagino en plata y después se traducen al oro.

–¿Sos metódico para trabajar?

–No, soy caótico y torturado, porque nunca supe delegar. He hecho todo siempre yo, me he cargado con todo, hasta el día del vernissage. Ese estilo de trabajo me permitió participar en exposiciones personales. Recién años después de haber empezado me sumé a exposiciones grupales. Y he expuesto en galerías importantes: las alhajas en Naïla De Monbrison, por ejemplo, y los objetos de gran formato y muebles en Pierre Passebon.

–¿Extrañás París?

–Extraño a mis amigos y las actividades que uno puede hacer en París, que tiene una oferta cultural desconocida en América Latina. París es la gran obra maestra de occidente.

–¿Es cierto que vendiste tu primer diseño gracias a Salvador Dalí?

–Sí. Estábamos tomando una copa en el hotel St. Regis, yo andaba con mis chucherías en la mano, y él le ordenó a un señor que estaba ahí que me comprara algo. Así que de golpe se hizo la transacción y yo me fui con unos dólares. El hombre era amigo de Dalí, por supuesto.

En una imagen de 1975 con Paloma Picasso, que lleva puestas sus alhajas

–También Andy Warhol se interesó por tu trabajo.

–Sí, él también me compró, pero eso fue después, cuando ya estaba en París. Pero en los años en Nueva York Andy me ayudó mucho e incluso me invitó a escribir y mostrar mis diseños en la que para mí era la revista más interesante de la época, Interview Magazine (fundada por Andy Warhol). Tuve una doble página que escribí yo mismo a mano con tinta china.

–Debe haber sido impactante para ese muchacho salido de La Plata conocer gente tan creativa y famosa...

–Sí, claro. En general, lo que más me impactaba era la inteligencia, los comentarios, algunas ocurrencias, las situaciones que se armaban, las comidas. Yo tenía una participación relativamente limitada, porque estaba aprendiendo el inglés.

–¿Qué era lo que más te entusiasmaba?

–Todo me entusiasmaba, era una aventura, estaba conociendo el mundo. Además, tenía una edad en la que no sabía bien por qué estaba ahí, yo estaba, una cosa me llevaba a la otra.

–¿Qué importancia tuvieron esas relaciones en tu carrera?

–Me ayudaron bastante, porque era gente que estaba muy en el candelero, y cuando empecé a hacer exposiciones algunos venían. Pensá que nunca tuve ni jefa de relaciones públicas, ni business plan ni nada. Éramos yo y mi agenda.

Marcial compró este departamento hace casi dos años. Antes, cuando recién había vuelto al país, vivió en San Telmo

–¿Qué significó en tu vida Manuel Puig?

–Conocer a Manuel fue descubrir a alguien de una sensibilidad especialísima, sobre todo tremendamente divertido. Y de nuevo, la fascinación por la inteligencia. Además, yo empecé a leerlo: lo conocí y leí La traición de Rita Hayworth... Boquitas pintadas todavía no se había publicado en ese entonces. Era un personaje totalmente diferente, y yo estaba tan fascinado con él que nos veíamos tres o cuatro veces por semana. Íbamos al cine a ver películas de Ava Gardner, íbamos a comer. Fue trágico que muriera tan joven.

–¿Qué relación tenés con el lujo?

–El lujo es un saber hacer, tener tacto. Para mí, no reposa tanto en lo material. Lo más lujoso es esa complicidad que se puede dar entre la gente, esos acompañamientos, esas amistades que se pueden sostener en el tiempo gracias a la conversación, a la ocurrencia, a la imaginación, a las buenas peleas. Lo más cercano al lujo que conozco es la amistad duradera, un buen libro, una buena película y una mesa con amigos. Cuatro, como para poder conversar y escucharnos. Petit comité.

–¿El éxito te hizo feliz?

–Nunca entendí qué era eso de ser feliz. Yo sé que hay momentos en los que uno está más alegre, satisfecho, contento, pero no tengo idea de cómo contestar esa pregunta. Sí tuve muchos momentos de felicidad, pero no sé cómo decirte si soy feliz o no, no me doy cuenta. Solo sé que la felicidad son unos instantes agradables, de cierto bienestar. Pero yo también he conocido épocas de preocupación e incertidumbre.

Junto a Salvador Dalí y Marta Minujín (a su lado) en Nueva York, en 1966

–De todas las divas que conociste, ¿cuál es la que más te impresionó?

–Catherine Deneuve. Inteligente, curiosa, inquieta y de un optimismo fenomenal y contagioso.

–En Francia sos reconocido y respetado, pero acá tu trabajo no se conoce. ¿Eso te molesta?

–De hecho, en Francia soy Chevalier de L’Ordre des Arts et des Lettres, una distinción muy importante que, cuando me la dieron, como extranjero me sorprendió enormemente y me gustó muchísimo. Incluso me preguntaron dónde quería recibirla y yo preferí que fuera acá, en la embajada francesa, para poder invitar al cóctel a mis amigos y a mi familia. Pero es cierto que acá, salvo un grupito, el resto no me conoce. Es que yo no he hecho nada en el país. A veces sí me molesta, porque un poco es la pérdida de la identidad. Cuando te vas con una valijita a otra civilización, otra cultura y otra lengua, perdés absolutamente todo tu pasado. Uno se pone a construir el pasado. Y después te mudás y te vas a otra ciudad, y empezás de nuevo a construir el pasado. Y después volvés a tu país, luego de una ausencia tan prolongada, y no tenés identidad laboral.

–¿No trabajaste desde que volviste?

–No. He hecho algunas cosas, pero para mis sobrinas o para alguna amiga. No se puede decir que eso sea una actividad laboral sostenida, con un proyecto, con un deadline.

Jessica Lange fotografiada en 1975 con algunas piezas del famoso mecano de Berro

–¿Te dan ganas de encarar algo en ese sentido?

–No, porque estoy muy ocupado en la observación del paisaje, de la situación, de la escena. Además, yo no soy porteño, y es la primera vez que vivo tantos años en Buenos Aires, así que la estoy conociendo.

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