Los detalles, por insignificantes que parezcan, a veces nos dicen más que el todo. Lo micro, por estar a mano, se torna comprensible y nos toca fibras más sensibles que lo macro, demasiado complejo y distante para interesarnos y entenderlo. Los libertarios que gobiernan la Argentina, con Javier Milei a la cabeza, llaman a ese fenómeno “principio de revelación”.
En el ágora popular de las redes sociales y de la comunicación masiva pega más fuerte la visita de Lionel Messi a Donald Trump en la Casa Blanca que miles de bombas cayendo al mismo tiempo en Medio Oriente. También despierta más comentarios que Manuel Adorni haya llevado en el avión presidencial a su mujer a Estados Unidos que los resultados en inversiones concretas de Argentina Week.
Ambos temas podrían hablar solo de la frivolidad humana, del afán por sobredimensionar la minucia, la manía por darle a lo anecdótico una supremacía sobre lo fundamental. Pero no: en ambos casos hay mucho más.
Messi no decidió por las suyas visitar al presidente Donald Trump. Lo hizo en el contexto de una audiencia protocolar en la que el mandatario norteamericano recibió al Inter Miami CF, campeón de la Major League Soccer.
La erogación para las cuentas públicas habría sido la misma si el asiento de al lado del jefe de Gabinete en el avión presidencial hubiese estado vacío en vez de ser ocupado por su esposa. Es el argumento repetido por los principales funcionarios del Gobierno. Pero soslayan lo que tiene de privilegio y de simbólico el episodio.
Hubo muchísimos reproches hacia Messi por aparecer junto a Trump en coincidencia con su máximo momento de paroxismo bélico. El prodigioso diez de la selección argentina es más bien parco ante el periodismo y son contadas las entrevistas que suele otorgar. Pero en ninguna de ellas habla de política nacional o internacional. No es lo suyo y también debe ser consciente de que no es lo más conveniente para un ídolo de multitudes. ¿Para qué arruinarles ese sentimiento tan puro y bonito que tienen todos por sus prodigios en la cancha con las ideas que pudiese tener sobre tal o cual político? Pero también es cierto que él y sus compañeros esquivaron la foto oficial (gobierno de Alberto Fernández) cuando ganaron el Mundial en 2022 y ahora no tuvo reparos de ingresar al acto escoltando a un Trump orgulloso de su transfiguración guerrera.
Ya lo dice el dicho: “el pez por la boca muere”, algo que parece tener internalizado Messi con su habitual parquedad. El astro mundialista prefiere que solo “hablen” sus piernas. Pero esta vez su presencia y gestualidad también “hablaron”.
El caso del locuaz Adorni resulta más complejo. Con su lengua severa, soberbia y poco empática viene construyendo desde el primer día del gobierno libertario un espartano y rígido código disciplinario de cómo ejercer el poder de manera austera, ejemplar e inflexible siempre en constante comparación con los excesos habituales del kirchnerismo. Con ese obsesivo antagonismo conceptual se convirtió primero en un célebre y agudo tuitero con sus microlatigazos moralistas en sus redes sociales. Ya funcionario se transformó en el cruzado libertario que buscaba aleccionar –“domar” prefieren decir los libertarios– en cada una de sus conferencias de prensa a los periodistas acreditados en la Casa Rosada. Hasta avanzó con un fugaz formato Fake 7, 8, con el que pretendía poner en evidencia operaciones mediáticas.
A Adorni le pasó, en una escala de mucha menor responsabilidad, algo similar a lo que le ocurrió en su momento a Alberto Fernández. Adalid constante del aislamiento implacable que él mismo impuso durante la eterna cuarentena en tiempos de la epidemia mundial del coronavirus, el escándalo por la foto de la fiesta de cumpleaños en la residencia de Olivos de quien entonces era su mujer, Fabiola Yañez, resultó aún más inaceptable en contraste con aquella prédica que esa imagen traicionaba tan groseramente.
En Adorni lo que gatilla también la mayor gravedad del asunto es el video del 24 de agosto de 2024, muy repetido en estos días, en el que el jefe de Gabinete advertía que llevar familiares en vuelos oficiales era “un privilegio que se termina”.
Cuando empezaba a levantar presión mediática la comparación entre Messi y Diego Maradona –que seguramente no se habría juntado con Trump, aunque no tenía reparos en ser claque de Fidel Castro o Nicolás Maduro–, el caso Adorni se transformó en un tsunami que monopolizó el centro de la escena informativa.
Es que, sobre llovido mojado, dos lamentables bloopers autoinfligidos convirtieron un episodio relativamente menor en un zafarrancho nacional: que Adorni dijera que viajaba a Nueva York para “deslomarse” –fuente de desopilantes memes en las redes sociales que terminaron por hacerlo retractar de ese término– y el viaje aéreo privado con su familia a Punta del Este durante el feriado de Carnaval agravaron su situación. Por si hiciera falta algo más, su amigo, Marcelo Grandio, que los acompañó en la travesía, empeoró todo al decir que aquel vuelo había sido pagado “con plata del Estado”.
Por eso, impactó tanto y de manera unánime el caso: esta vez no hubo grietas en la cobertura periodística no solo de los medios críticos hacia el Gobierno sino, inclusive, de los más afines.
Por razones bien distintas, Messi y Adorni hoy tienen pesadas facturas pendientes que pagar.


